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“Ven aquí. No. Más cerca, por favor. Quiero contarte un secreto. Ven aquí. No, soy de África. Tengo un sueño. Acércate, por favor. Solo Juegos Quiero Juegos Estaba caminando”. Me encanta la ciudad. ¿Es broma? ¡Es Nueva York! Soñaba con venir aquí. Apenas llegué, dije: “¡Al fin!”. Hay una energía en la ciudad que no hay en ningún otro lugar. ¡Nueva York! Me gusta todo de ella. Algo que me fascina de Nueva York es que todos confían mucho en los semáforos. Nunca vi algo semejante. Recuerden que yo vengo de un país africano. Y en África, tenemos semáforos. Pero no los usamos. ¿Entienden? No dan órdenes, sino sugerencias. No dicen: “¡Alto!”. Dicen: “¿Alto?”. Un africano viajó por el mundo, vio que otras personas tenían semáforos, los trajo, sin saber para qué servían. Dijo: “Chicos, necesitamos semáforos”. “¿Para qué?”. “Para la intersección. Es una linda ambientación”. Pero en realidad nadie sabía qué era. No nos importan los semáforos y no confiamos en ellos. Pero en Nueva York, nunca vi algo así, la gente les confía su vida. Un día iba caminando por la calle. Un hombre caminaba junto a mí. Jamás olvidaré esto. Estábamos en la acera. El semáforo cambió, y nos tocaba cruzar. Miré a un lado y vi un camión. Avanzaba a toda marcha. Miré el camión. En cuanto cambió el semáforo, el sujeto a mi lado comenzó a caminar. Instintivamente estiré la mano. Le dije: “Amigo, viene un camión”. Contestó: “No hay problema. Cambió el semáforo”. Le dije: “Sí. Pero él tiene un camión. Si jugaras Piedra, papel o tijeras, perderías”. Pero él estaba muy confiado. “No te preocupes, cambió el semáforo. Vamos”. Y avanzó. Pero no tranquilamente. Miró fijamente al conductor mientras cruzaba, como diciendo: “Cambió el semáforo. Sabes que cambió el semáforo”. Yo corría detrás de él, apenado. “Lo siento, no sabía. Está bien. Me hubiera detenido. Es la primera vez que hago esto”. Caminé junto a ese hombre cuadras. Déjenme decirles, nunca me sentí tan impregnado de la confianza de otro ser humano como me sentí con él. Empecé aquel día pensando y analizando antes de salir a la calle. Después de caminar unas cuadras con él, comencé a creer. Ocho cuadras después, no concebía otra forma de vivir. Llevaba mi teléfono en la mano, tuiteaba, enviaba mensajes de texto. No jugaba. De a ratos levantaba la vista. El semáforo cambiaba, yo avanzaba. No me importaba si venía un camión o un tren. ¡Avanzaba igual! Me di cuenta de que, en EE. UU., con un hombre blanco a tu lado, puedes hacer lo que quieras. Avanzas tranquilo. Qué tiempos emocionantes. No podría haber elegido un mejor momento para mudarme aquí. Qué tiempos emocionantes. Me sorprende que, con todo lo que ha pasado, no estemos en llamas. Hace casi diez años que vengo de visita a Estados Unidos. Y Juegos Lo bueno de venir de visita es que pude experimentar Estados Unidos de a poco. Sentía lo que la gente sentía. Tenía una idea de lo que la población estaba atravesando. Y Juegos nunca olvidaré que, cada vez que venía, algo que llamaba la atención era lo mal que estaban los estadounidenses negros. Recuerdo la primera vez que vine.



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