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Si la habían internado en aquel colegio, era porque una vieja monja en el hospital se apiadó de mí y dijo una gran mentira. Dijo que más tarde llegaría a un acuerdo con el Señor. Era el día de la entrega de premios. La sala estaba llena de madres. No sé lo que habría dado por ser como ellas. ¡Cómo las envidiaba! ¡Cómo las odiaba! Por quedarse conmigo, ni siquiera fue a saludar al obispo. Estábamos hechas para vivir juntas. Parece una tontería decirlo, pero muchas madres, que dicen amar a sus hijos, no sienten la necesidad de tenerlos siempre cerca, como yo hubiese querido. El gran momento de la fiesta era la ofrenda de cartas a la Virgen. Cada niña tenía su carta. Todas habían pedido algo muy importante, lo que más deseaban en el mundo. Las cartas debían quemarse delante de la imagen de la Virgen. Sólo ella debía saber lo que contenía. María tambíen tenía su carta y quería leermela, pero no me lo decía. No me imaginaba que los niños también pudieran tener pensamientos serios, dolorosos, como los nuestros.



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